Hoy día Sevilla es una pujante ciudad con 700.000 habitantes, la cuarta de España en población, tras Madrid, Barcelona y Valencia, que une a su rico patrimonio histórico artístico, etnológico y gastronómico una variada oferta cultural, en exposiciones y museos, en teatro, ópera y cine, en congresos, o en su internacional Bienal de Flamenco. Es una de las primeras ciudades receptoras de turismo de España y de Europa, así como un foco universitario de primer orden que recibe a multitud de estudiantes de Europa, de América y del mundo.

El Casco Histórico de Sevilla fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1964 y la Catedral, el Real Alcázar y el Archivo de Indias fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en 1987.

Sevilla posee una historia muy dilatada. Entre la Antigüedad y el Medievo la ciudad ha visto pasar y asentarse a tartesios, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, bizantinos, judíos, árabes y cristianos. De muchos de estos pueblos y civilizaciones hasta el período musulmán se conservan restos constructivos de carácter arqueológico y piezas conservadas en el Museo Arqueológico, situado en la Plaza de América, así como algunos restos emergentes ya de la etapa romana, como el templo de la calle Mármoles, por citar sólo el más conocido. De la etapa árabe, principalmente de los períodos almorávide y almohade, debemos citar los tramos conservados de la muralla que cercaba Sevilla, la Giralda, el Patio de los Naranjos de la Catedral o la Torre del Oro, con un precedente arquitectónico califal en el Patio de los Naranjos de la vieja mezquita de Ibn Adabbas, en la Iglesia del Salvador. En 1248 la ciudad fue ganada para Castilla y para la Cristiandad por el rey Fernando III, el Santo, conquistador y patrono de Sevilla, cuyos restos mortales se veneran en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla. Desde la fecha de la conquista la ciudad se dividió en 24 parroquias, muchas levantadas sobre primitivas mezquitas, y se erigieron numerosos conventos. De los siglos XIII y XIV perviven un buen número de templos realizados en estilo gótico mudéjar: Santa Ana de Triana, Omnium Santorum, Santa Marina, San Marcos o Santa Catalina, entre los más destacados; y del XV la propia Catedral, tercer templo en dimensiones de la Cristiandad.

En la Sevilla Bajomedieval, organizada por la élite conquistadora castellana, se dio un rasgo de singular importancia, como fue la convivencia de las tres religiones y culturas: cristiana, musulmana y judía. Tras la conquista de la ciudad por Fernando III muchos musulmanes decidieron quedarse en Sevilla, manteniendo su religión y costumbres, agrupándose en el llamado Barrio de la Morería. Pero más importante fue la comunidad judía, próspera y floreciente, que ya existía en Sevilla desde finales de la época visigoda y durante la etapa islámica. Desde mediados del siglo XIII hasta finales del XV los judíos sevillanos ocuparon las más destacadas profesiones y se situaban en un nivel principal dentro del escalafón social, controlando el mundo de las finanzas y gozando del favor de la Corona. Se agruparon en el Barrio de Santa Cruz, pegado al Alcázar, una de las más celebres juderías de toda España, manteniendo sus costumbres, religión y sinagogas para el culto. La preeminencia económica y social que alcanzó la comunidad judía causó la envidia de parte de la población cristiana más humilde de la ciudad, que, azuzada desde algunos púlpitos por clérigos extremistas, terminó por asaltar la judería en 1391. De esta cultura y de esta etapa Sevilla hereda uno de sus barrios más hermosos y conocidos, el de Santa Cruz, el recuerdo de un tiempo de respeto y convivencia entre los pueblos y religiones del Libro –que vino al traste con la política de exclusión iniciada por los Reyes Católicos en 1492–, e incluso historias noveladas como la de la hermosa judía Susana Ben Suson, cuya casa se conserva en la calle de la Susona, en Santa Cruz, y cuyo recuerdo han guardado los sevillanos durante generaciones.

A comienzos del siglo XVI la instalación en Sevilla de la Casa de la Contratación para el comercio con el recién descubierto continente americano supuso la conversión de la ciudad en la primera en importancia económica y demográfica de toda España y casi de la Europa Occidental. Por el puerto de Sevilla salían hombres y mercancías para el Nuevo Mundo y a través del mismo regresaban de América el oro y la plata, así como plantas y alimentos no conocidos en la vieja Europa. Al momento acudieron y se asentaron en Sevilla mercaderes y hombres de negocio de todo Occidente y la ciudad prosperó hasta alcanzar su cenit. Un monumento de singular relevancia del siglo XVI de inexcusable visita es el antiguo Hospital de las Cinco Llagas, actual sede del Parlamento de Andalucía. De finales del XV y del XVI es la Casa de Pilatos y de esta última centuria el remate más hermoso de cuantas torres campanario hay en España, el cuerpo de campanas de la Giralda, elevado sobre el primitivo alminar de la mezquita mayor por Hernán Ruiz II entre 1566 y 1568. Entre el XV y el XVI se edificó buena parte del edificio del Ayuntamiento, con su magnífica fachada plateresca a la Plaza de San Francisco.

Los siglos XVII y XVIII, a pesar de que supusieron una etapa marcada por la crisis demográfica y económica de la ciudad, son sin duda los que han dejado un mayor número de edificios y obras de arte, especialmente en pintura, imaginería religiosa, retablística y orfebrería. El siglo XVII es el de Velázquez y Murillo, el de Juan de Mesa y Martínez Montañés y el de Leonardo de Figueroa, que se adentra también en las primeras décadas del XVIII. Las grandes construcciones barrocas ven la luz entre la segunda mitad del XVII y el primer tercio de la siguiente centuria: la Iglesia de la Magdalena, la del Salvador, la de San Luis de los Franceses o el Palacio de San Telmo son sólo algunas de las más destacadas.

Con el advenimiento del siglo XX Sevilla conoció el inicio de la singularísima actividad constructiva de Aníbal González, impulsor como ninguno del estilo regionalista y arquitecto director de la Exposición Iberoamericana desde 1911 a 1926. La ciudad quedó marcada indeleblemente con la huella del regionalismo y de la Exposición de 1929. Entonces se levantaron la Plaza de España y la de América, colindantes con el Parque de María Luisa, todos los pabellones de la Exposición y se realizó el ensanche Sur de la ciudad, en torno a la Avenida de la Palmera. Aníbal fue el impulsor de la idea de que las calles y plazas de Sevilla se sembraran de naranjos, algo tan característico de la misma al presente: el olor a azahar en sus calles en primavera viene a constituir una verdadera alegoría olfativa de la ciudad.

La Exposición Universal de 1992 trajo consigo un despegue de la ciudad en infraestructuras de todo tipo, así como la urbanización de la Isla de la Cartuja y la construcción de pabellones y edificios varios en aquélla. En las primeras décadas del siglo XXI se han levantado dos construcciones vanguardistas. En pleno centro de la ciudad, en la Plaza de la Encarnación, el complejo Metrosol-Parasol, del arquitecto alemán Jürgen Mayer; y, al otro lado del rio, en la zona de la Cartuja, La Torre Sevilla, del arquitecto argentino César Pelli.

Según reza el dicho popular sobre esta ciudad, «Quien no vio Sevilla, no vio maravilla». Veámosla pues, que bien merece la pena.

Texto de David López Viera.

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